
La entrevista venía bárbara. Era a la tarde, hora argentina, con la recruiter de una empresa estadounidense que me interesaba mucho. El producto era de los que te dan ganas de trabajar ahí. Hablamos de mi experiencia, de los proyectos en los que estuve, de cómo había sorteado distintos desafíos, de qué cosas había aprendido en cada paso. Yo me sentía cómodo, transmitiendo bien, contando con detalle. Sentía que el fit era enorme.
Hasta que la conversación viró al inglés.
El equipo estaba en Estados Unidos. El rol no era solo desarrollar; había que hablar con stakeholders, defender criterio, discutir trade-offs. Eso requería un nivel de inglés fluido. Cuando ella cambió de idioma, todo lo que venía construyendo se desinfló en cinco segundos.
No es que no entienda nada. Entiendo bastante. Lo que pasa es otra cosa, más difícil de explicar: en español yo soy una persona, y en inglés soy otra.
En español puedo argumentar, matizar, contar una historia con la estructura justa para que el otro entienda no solo el qué sino el por qué. Puedo hacer una broma, puedo pedir una pausa, puedo decir "espera, déjame explicar esto de otra manera". Mi personalidad funciona ahí. Las oportunidades que tuve en mi carrera no fueron porque yo fuera el más técnico, fueron porque podía transmitir, conectar, contar bien lo que hacía. La comunicación es mi herramienta principal.
En inglés se me cae esa herramienta de las manos.
Me vuelvo introvertido. Hablo con palabras simples, frases cortas, lo justo y al pie. Evito intervenir si no es estrictamente necesario. Cuando me toca, salgo del paso pero no me reconozco en lo que digo. Es como si alguien le hubiera puesto subtítulos malos a mi personalidad.
Adentro pasa otra cosa peor. Apenas alguien dice una palabra que no me entra, o un acento que no proceso, o habla a velocidad normal de nativo, mi cabeza se cierra. Aparece el loop: "no entiendo nada", "me falta muchísimo inglés", "tengo que estudiar más", "nunca voy a poder con esto". Cuando arranca ese loop ya no estoy escuchando lo que dicen, estoy escuchando lo que me digo. Trato de adivinar por contexto, abro el traductor en otra ventana, armo una respuesta posible. Es ineficiente y lo sé. Pero el cuerpo ya entró en modo defensa.
Y entre los pensamientos hay uno que aparece siempre: "si hubiera empezado de chico". Si hubiera ido a un colegio bilingüe, si me hubiera puesto antes, si si si. Comparaciones con un pasado que no existe, donde una versión de mí ya habla fluido y se ahorra todo esto. Esa versión nunca va a llegar. Pero el pensamiento vuelve igual.
Lo que estoy contando no es una anécdota suelta. Es un patrón que se está repitiendo justo ahora, mientras escribo esto y busco trabajo. Llegan recruiters con propuestas interesantes, mando perfil, hay match. Después la entrevista es en inglés y me descartan antes de la técnica. La frase es siempre parecida: "tu perfil tiene un fit impresionante, pero tu inglés no está al nivel que necesitamos". Quedo afuera antes de poder mostrar lo que sé hacer. Ni siquiera llego a la parte del proceso donde podría brillar.
Eso es lo que más me cuesta digerir. No es que pierda contra alguien con mejor perfil. Es que ni siquiera llego a esa instancia.
A veces me agarra bronca con el sistema, y a veces me agarra bronca conmigo mismo por no haber empezado antes. Las dos cosas conviven sin resolverse. Lo único que sé es que de las dos, con la única que puedo hacer algo es la segunda.
Estoy estudiando. Una hora por día, con material de British Council, todos los días menos los domingos. Hago ejercicios, escritos, sumo vocabulario y estructuras nuevas. En el escritorio me va bien. Entiendo lo que leo, respondo lo que tengo que responder, completo lo que tengo que completar. Después llega una reunión real y todo eso se evapora. La distancia entre "saber inglés" y "ser uno mismo en inglés" es enorme, y nadie te avisa que el segundo trayecto es el más largo.
Salgo de las reuniones difíciles con el cuerpo cansado y la autoestima por el piso. Alivio porque terminó, frustración porque sé que no di mi mejor versión, ganas de cerrar la compu y no abrirla hasta el día siguiente. Después vuelvo a estudiar. Esa es la parte que no se ve.
A veces me pregunto por qué sigo metiéndome en estos espacios si la experiencia es esta. La respuesta honesta es que el inglés es la herramienta que me falta para que mi carrera dé el siguiente salto. Lo sé. Es la única forma de acceder a los productos, equipos y problemas que realmente quiero tocar. No quiero hablar como nativo, no es esa la meta. Lo que quiero es poder transmitir en inglés lo mismo que transmito en español. Recuperar la herramienta, en otro idioma.
Ese trayecto recién empieza. No tengo un final feliz para contarte. Lo que tengo es esta foto del medio del camino: el inglés todavía me deja afuera de oportunidades que me importan, sigo estudiando todos los días, sigo aceptando reuniones donde sé que voy a sufrir un poco. Es lo que hay.
Si estás en algo parecido, escribime y contame cómo lo estás transitando. Sospecho que somos muchos los que vivimos esto y lo hablamos poco.